El hombre en la ciudad

Somos sumamente sociales, es la razón por la cual subsistimos, no podemos aislarnos, un hombre solo está condenado a la muerte y todos los hombres buscan la vida, al menos en su mayoría, pero a pesar de eso nos podemos convertir en las personas más solas del mundo, podemos estar rodeados de gente, podemos hablar con unos y con otros, y aún así… seguir solos. ¿no es realmente enloquecedora la soledad del hombre?

a veces pienso en la muerte, es un hecho que moriré, dice una frase “cada cuna un ataúd”. No podemos escapar a la muerte, pero tampoco debemos huir a la vida, huir es un acto de cobardía. No podemos escapar, es necesario seguir viviendo, es imposible no hacerlo, sea con dolor o sin él, feliz o infelizmente, hay que vivir…, qué absurdo.

Pero vale la pena vivir en este mundo casi podrido. Últimamente se habla de calentamiento global, de niveles de contaminación alarmantes,  la tierra y no sólo ella, también la sociedad están enfermas, y las ciudades son un ejemplo de ello: México, Hong Kong, Londres, París, etc. Crece la violencia, crece la incertidumbre, en el llamado tercer mundo ya no se vive, se sobrevive, en el primer mundo ya nada tiene sentido. Es en las ciudades donde la sociedad se enferma, se busca escapar de ellas, aunque sea por sólo un instante…

Las ciudades crecen como cánceres, son los cánceres de la tierra, su crecimiento devora todo lo que encuentran a su paso, acaban con el ecosistema que permite la vida de miles de criaturas, algunos se oponen otros se conforman, otros son simplemente indiferentes, pero son realmente pocos los que actúan, l a mayoría sólo habla, la pregunta aquí es: ¿Y Yo que hago?. Pero la acción también implica dolor, implica esfuerzo, son poco quienes están dispuestos, ¿Yo, estoy dispuesto?

En estas ciudades hay mucha gente, miles caminan por las calles, unos se cruzan con otros y siguen siendo anónimos, en los medios de transporte colectivo cada cual se encierra en su pequeña burbuja y sigue adelante sin detenerse a mirar a los ojos al otro, a quien está a su lado, da miedo mirar a los ojos, tememos descubrier el rostro del otro y darnos cuenta que es igual a mi, que él y yo compartimos este mundo. Acaso no es en la ciudad donde el hombre se siente más solo a pesar de estar rodeado de miles de congéneres, se siente solo y miserable.

Es en las ciudades, contaminadas, llenas de aire sucio, en donde nuestros ojos miran a diario el sucio pavimento de las calles y el oscuro y agitado bullicio de los hombres, que más bien parecen bestias. Bestias de trabajo, de la oficina a la casa, de la casa a la oficina, y lo más doloroso es que salir de la rutina asusta… Malditas ciudades.

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