La melena de Sansón

Seguramente habréis escuchado la leyenda de la melena de Sansón. Pues bien, podemos decir que este curioso personaje de la Biblia es un verdadero héroe y su súper poder residía en la abundante cabellera que poseía, Sansón tenía una fuerza sobre humana, el súper man de la antigüedad.

La vida de este curioso y extraño personaje la encontramos relatada en el libro de los Jueces y nos la cuenta a partir de de una sucesión de grandes hazañas o lo que las personas más religiosas llamarían milagros. Sansón mismo es un milagro, pues su madre no podía concebir, era estéril, sin embargo, después de insistir a Dios con la oración, este la escucha le permite concebir, a cambio de que el futuro Sansón le fuera consagrado, y efectivamente Sansón nace y es consagrado a Dios. Una de las características de la consagración ritual a Dios era la prohibición de cortarse el pelo durante toda la vida. Así Sansón con su súper fuerza pudo burlar a la muerte en muchas ocasiones y lograr, como hemos dicho, grandes hazañas, pero como no todo es miel sobre hojuelas, Sansón pierde su fuerza gracias a las intrigas e instigaciones de su mujer, Dalia, quien convenció a uno de sus sirvientes de que le cortara la cabellera a Sansón, así, aunque involuntariamente, Sansón rompe la promesa de la consagración y pierde su poder.

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Qué significa INRI

INRI son las siglas que se podían leer en un cartel puesto en la cruz donde fue crucificado Jesús de Nazaret, y que ahora se pueden leer en la mayoría de crucifijos, pero qué significan. Jesús, a quien muchos del pueblo judío y las autoridades romanas consideraron un rebelde fue juzgado por dos instancias, precisamente la judía y la romana, sin embargo quien verdaderamente tenía el poder de ejecutar eran las autoridades romanas. A Jesús lo juzgaron los miembros del Sanedrín, órgano religioso judío, por haberse proclamado rey de los judíos, sin embargo ante la imposibilidad de condenarlo a muerte los miembros del Sanedrín acudieron al gobernador Poncio Pilatos para que este lo juzgara bajo las leyes romanas quienes castigaban duramente a aquellos que se oponían al régimen y claro está el máximo castigo era la muerte. Los judíos convencieron a Pilatos de que Jesús era un sedicioso y que era un peligro para Roma, Pilatos no del todo convencido, decide condenarlo a muerte haciendo el gesto de lavarse las manos, así toda la responsabilidad caía sobre sus acusadores. Pilatos mandó colocar en la cruz sobre la que se ejecutaría la sentencia de muerte las siglas INRI que significan Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum, es decir, Jesús Nazareno, Rey de los Judíos. Así qué ya sabéis qué significan estas misteriosas siglas.

María

Hacia rato que la instigaba para que fuera a la casa de su madre y trajera la papa, como él llamaba a la comida, que ella tenía que mendigar. Es cada vez más tarde, los niños no tardarían en llegar de la escuela, en casa no había ni frijoles, ¿Qué comerían?, le decía, le gritaba que no fuera desconsiderada, ¿dónde estaba su corazón de madre?, o es que acaso tenía flojera para ir por comida, no para él sino para sus hijos, además no necesita caminar, el micro pasa exactamente fuera de su casa. Por qué no vas tú. Es que acaso estás loca, quieres que me maten, sabes que me tienen amenazado, quieres quedar viuda, ¡sí eso es lo que quieres!. Por momentos Francisco se desespera, le grita, la insulta, le habla en tono elevado intentando sobreponer su autoridad de esposo, de macho, pero él sabe que este método no da resultado, se calma, decide cambiar de estrategia y finge una crisis, se agacha y pone las manos en su cabeza, está a punto de llorar. María comprendeme, estoy desesperado, no se qué hacer, te juró que no volveré a gritarte, tú sabes que los niños me preocupan, no hay nada que comer en esta casa, en cambio en la casa de tu mamá… Él sigue remojando palabras inaudibles con falsas lágrimas que resbalan por sus mejillas, la mira a los ojos, con voz lastimera intenta una vez más, anda princesa, eres la más pequeña de tu casa, la consentida, los mendigos de tus hermanos no hicieron más que robar al pobre de tu papá, ellos ya tienen los suyo, ve por lo que te corresponde, ver por un poco de comida. Esta era la centesima vez que era la última. Princesa hazlo por los niños. Ella escucha, pero las palabras de Francisco, parecen caer en un abismo sin fondo, piensa, quiere dejarlo, pero ¿y los niños? Qué va a ser de ellos sin su madre?. Entonces qué va ir o no?, le prometo por la lupita que esta es la ultima.

María coje las llaves y un bolso, roido por el tiempo y el uso, afuera todo es igual, nada cambia, a veces en sus sueños, ella sale y parece estar en un paraíso, pero estos no son sus sueños, espera el micro ¿Me lleva por 2 pesos? La tarifa ha aumentado. Sube se sienta en los lugares traseros, mientras el micro avanza en su recorrido cotidiano ella observa la ciudad, a diferencia de otras veces la ve linda, llena de vida, por la ventanilla entra un aire fresco que mece sus cabellos, del otro lado mujeres bellas transitan como si nada les preocupara, hermosas jovencitas mecen sus caderas con una musica que sólo ellas parecen escuchar, señoras ricas y bien vestidas viajan en carros lujosos, madres que van con sus pequeños hijos de rostro limpio y feliz. María piensa en sí misma y en lo mísera que es, al ver tantos rostros de mujeres bonitas, ella se percibe como él la llama: una vieja fodonga y fea. El micro ya ha hecho varias paradas, se ha subido una señora gorda que no para de hablar por celular, tres jóvenes que rien a carcajadas por lo ocurrido la otra noche y un vendedor de chicles, ¡promoción, uno por cinco, tres por diez!. No, no regresará con Francisco. Piensa. No puedo soportar más, me duele el alma, encerrada escuchando sus gritos y sus ordenes, me duele el cuerpo con tanto golpe, no puedo seguir con él, los niños ya estan grandes, se las podrán arreglar. La decisión está tomada, ella no volverá, el micro ha llegado a la base. Señora esta es la última parada, se tiene que bajar. Francisco aún la espera: sé que ella volverá…

Feliz 2011…

 

página en blanco
Cada día en nuestras vidas es una nueva página...

La última entrada de este blog la escribí hace ya algunos meses, ¿por qué no he escrito? La respuesta no es una, son varios los factores y circunstancias que no me han permitido escribir y seguir contando historias con “sabor” a Irámuco. En primer lugar debo mencionar mis estudios, que durante gran parte del segundo semestre del año pasado llenaron mi tiempo, eso aunado con la preparación de un largo viaje, en tercer lugar las actividades de día a día. Parecerá poco, sin embargo os aseguro que es más que suficiente.

Ahora a unos días de comenzar este nuevo año 2011, retomo el blog, intentaré escribir más a menudo, por las ocupaciones cotidianas es un poco difícil, pero lo intentaré. Ahora bien, quiero darle un pequeño giro a la dinámica de este espacio, es decir, ya no pretendo narrar solo historias sobre Irámuco, sino de algún modo plasmar-me yo mismo en las letras que desfilen por este blog, en fin trataré de hacer un blog un poco más “miscelaneo”. De esta manera os quiero hacer participes de algunas de mis ideas, reflexiones e incluso de mis desvaríos.

Cambiar la dinámica del blog, implica cambiar el nombre, ahora estoy pensando en uno, espero ya pronto tenerlo y colocarlo lo antes posible. Así mismo, confío en que este sea un espacio para compartir, por lo que os pido que enviéis vuestros comentarios y sugerencias y también vuestras reflexiones.

Aprovecho también para felicitar a Jorge por su blog: iramucogto.com, que también por diversas ocupaciones, como él mismo lo ha mencionado, no lo puede actualizar tan constantemente como el quisiese hacerlo, iramucogto.com, es un blog que me parece cumple el objetivo de su lema, ser “el punto de encuentro en la red de los iramuquénses”, sobre todo para aquellos que nos encontramos lejos.

Finalmente, os deseo que este año 2011 esté lleno de bendiciones, buenos momentos y muchos logros, así como de felicidad, alegría y esperanza.

Atte. Cahemissp

La vida es gozo, es alegría

“Cuando nacemos, somos una semilla con un potencial gigantesco. La vida, nuestra circunstancia, nuestro momento histórico, nuestra familia y las herramientas personales que van conformando nuestra personalidad nos van permitiendo poco a poco elegir, qué de todo ese potencial con el que nacemos, será desarrollado. Sin embargo, para lograrlo, es fundamental que comprendamos que la luz llega acompañada de la sombra, y que en la vida humana existe alegría y tristeza, salud y enfermedad, amor y miedo.

Por miedo, estamos creando un mundo en el que se busca evitar a toda costa el dolor, el fracaso y la muerte. Es probablemente la gran tragedia de nuestros tiempos. No hemos querido entender que al evitarlos, destruimos probablemente la herramienta más poderosa a nuestro alcance para convertirnos en toda la persona que podemos ser.

El mundo que día a día nos estamos construyendo busca evitar el dolor a través de medios artificiales: “Aprenda inglés dormido”, escuchamos en la televisión; “No haga ejercicio para tener un cuerpo saludable, no se agote, utilice este cinturón que mediante descargas eléctricas hará que sus músculos trabajen, miestras usted está cómodamente sentado o acostado”, nos dicen otros comerciales: “No sufras, no te agobies, olvídate de todo, olvida tu realidad, tómate una tacha, fúmate un cigarrito de marihuana, inhala esta línea de cocaína”, le dicen a los jóvenes, como si el dolor humano fuera malo, en un sentido ético.

No se trata por supuesto, de vivir sufriendo. De lo que se trata es de aceptar que la vida humana, está llena de alegría, de gozo, de plenitud y de felicidad, pero también de obstáculos, de dolor, de fatiga y fracaso*”, sin embargo es importante, muy importante darse cuenta de que el dolor y el fracaso son los medios que nos permitiran sacar lo mejor de nosotros mismos, nos ayudarán a descubrir las respuestas a las preguntas más dificiles. Superemos el dolor, seamos felicies y cambiemos nuestro munco, por un mundo  mejor.

Notas* Carlo Clerico Medina. Morir sábado. ¿Tiene sentido la muerte de un niño?

El Abuelo (Mario Vargas Llosa)

EL ABUELO

El abuelo

Cada vez que crujía una ramita, o croaba una rana, o vibraban los vidrios de la cocina que estaba al fondo de la huerta, el viejecito saltaba con agilidad de su asiento improvisado, que era una piedra chata, y espiaba ansiosamente entre el follaje. Pero el niño aún no aparecía. A través de las ventanas del comedor, abiertas a la pérgola, veía en cambio las luces de la araña encendida hacía rato, y bajo ellas sombras imprecisas que se deslizaban de un lado a otro, con las cortinas, lentamente. Había sido corto de vista desde joven, de modo que eran inútiles sus esfuerzos por comprobar si ya cenaban o si aquellas sombras inquietas provenían de los árboles más altos.

Regresó a su asiento y esperó. La noche pasada había llovido y la tierra y las flores despedían un agradable olor a humedad. Pero los insectos pululaban, y los manoteos desesperados de don Eulogio en torno del rostro, no conseguían evitarlos: a su barbilla trémula, a su frente, y hasta las cavidades de sus párpados, llegaban cada momento lancetas invisibles a punzarle la carne. El entusiasmo y la excitación que mantuvieron su cuerpo dispuesto y febril durante el día habían decaido y sentía ahora cansancio y algo de tristeza. Le molestaba la oscuridad del vasto jardín y lo atormentaba la imagen, persistente, humillante, de alguien, quizá la cocinera o el mayordomo, que de pronto lo sorprendía en su escondrijo. “¿Qué hace usted en la huerta a estas horas, don Eulogio?” Y vendrían su hijo y su hija política, convencidos de que estaba loco. Sacudido por un temblor nervioso, volvió la cabeza y adivinó entre los macizos de crisantemos, de nardos y de rosales, el diminuto sendero que llegaba a la puerta falsa esquivando el palomar. Se tranquilizó apenas, al recordar haber comprobado tres veces que la puerta estaba junta, con el pestillo corrido, y que en unos segundos podía escurrirse hacía la calle sin ser visto.

“¿Y si hubiera venido ya?”, pensó, intranquilo. Porque hubo un instante, a los pocos minutos de haber ingresado cautelosamente a su casa por la entrada casi olvidada de la huerta, en que perdió la noción del tiempo y permaneció como dormido. Sólo reaccionó cuando el objeto que ahora acariciaba sin saberlo, se desprendió de sus manos y le golpeó el muslo. Pero era imposible. El niño no podía haber cruzado la huerta todavía, porque sus pasos asustados lo hubieran despertado, o el pequeño, al distinguir a su abuelo, encogido y dormitando justamente al borde del sendero que debía conducirlo a la cocina, habría gritado.

Esta reflexión lo animó. El soplido del viento era menos fuerte, su cuerpo se adaptaba al ambiente, había dejado de temblar. Tentando los bolsillos de su saco, encontró el cuerpo duro y cilindrico de la vela que compró esa tarde en el almacén de la esquina. Regocijado, el viejecito sonrió en la penumbra: rememoraba el gesto de sorpresa de la vendedora. El había permanecido muy serio, taconeando con elegancia, batiendo levemente y en circulo su largo bastón enchapado en metal, mientras la mujer pasaba bajo sus ojos, cirios y velas de diversos tamaños. “Esta”, dijo él, con un ademán rápido que quería significar molestia por el quehacer desagradable que cumplía. La vendedora insistió en envolverla pero don Eulogio no aceptó y abandonó la tienda con premura. El resto de la tarde estuvo en el Club Nacional, encerrado en el pequeño salón del rocambor donde nunca había nadie. Sin embargo, extremando las precauciones para evitar la solicitud de los mozos, echó llave a la puerta. Luego, cómodamente hundido en el confortable de insólito color escarlata, abrió el maletín que traía consigo y extrajo el precioso paquete. La tenia envuelta en su hermosa bufanda de seda blanca, precisamente la que llevaba puesta la tarde del hallazgo.

A la hora más cenicienta del crepúsculo había tomado un taxi, indicando al chofer que circulara por las afueras de la ciudad; corría una deliciosa brisa tibia, y la visión entre grisácea y rojiza del cielo seria más enigmática en medio del campo. Mientras el automóvil flotaba con suavidad por el asfalto, los ojitos vivaces del anciano, única señal ágil en su rostro fláccido, descolgado en bolsas, iban deslizándose distraidamente sobre el borde del canal paralelo a la carretera, cuando de pronto lo divisó.

-“¡Deténgase!” -dijo, pero el chofer no le oyó-. “¡Deténgase! ¡Pare!”.

Cuando el auto se detuvo y en retroceso llegó al montículo de piedras, don Eulogio comprobó que se trataba, efectivamente, de una calavera. Teniéndola entre las manos, olvidó la brisa y el paisaje, y estudió minuciosamente, con creciente ansiedad, esa dura, terca y hostil forma impenetrable, despojada de carne y de piel, sin nariz, sin ojos, sin lengua. Era pequeña, y se sintió inclinado a creer que era de niño. Estaba sucia, polvorienta, y hería su cráneo pelado una abertura del tamaño de una moneda, con los bordes astillados. El orificio de la nariz era un perfecto triángulo, separado de la boca por un puente delgado y menos amarillo que el mentón. Se entretuvo pasando un dedo por las cuencas vacías, cubriendo el cráneo con la mano en forma de bonete, o hundiendo su puño por la cavidad baja, hasta tenerlo apoyado en el interior entonces, sacando un nudillo por el triángulo, y otro por la boca a manera de una larga e incisiva lengueta, imprimía a su mano movimientos sucesivos, y se divertía enormemente imaginando que aquello estaba vivo.

Dos días la tuvo oculta en un cajón de la cómoda abultando el maletín de cuero, envuelta cuidadosamente, sin revelar a nadie su hallazgo. La tarde siguiente a la del encuentro permaneció en su habitación, paseando nerviosamente entre los muebles opulentos de sus antepasados. Casi no levantaba la cabeza; se diría que examinaba con devoción profunda y algo de pavor, los dibujos sangrientos y mágicos del circulo central de la alfombra, pero ni siquiera los veía. Al principio, estuvo indeciso, preocupado; podían sobrevenir complicaciones de familia, tal vez se reirían de él. Esta idea lo indignó y tuvo angustia y deseo de llorar. A partir de ese instante, el proyecto se apartó sólo una vez de su mente: fue cuando de pie ante la ventana, vio el palomar oscuro, lleno de agujeros, y recordó que en una época aquella casita de madera con innumerables puertas no estaba vacía, sin vida, sino habitada por animalitos grises y blancos que picoteaban con insistencia cruzando la madera de surcos y que a veces revoloteaban sobre los árboles y las flores de la huerta. Pensó con nostalgia en lo débiles y cariñosos que eran: confiadamente venían a posarse en su mano, donde siempre les llevaba algunos granos, y cuando hacía presión entornaban los ojos y los sacudía un brevísimo temblor. Luego no pensó más en ello. Cuando el mayordomo vino a anunciarle que estaba lista la cena, ya lo tenia decidido. Esa noche durmió bien. A la mañana siguiente olvidó haber soñado que una perversa fila de grandes hormigas rojas invadía súbitamente el palomar y causaba desasosiego entre los animalitos, mientras él, desde su ventana, observaba la escena con un catalejo.

Había imaginado que limpiar la calavera sería algo muy rápido, pero se equivocó. El polvo, lo que había creído polvo y era tal vez excremento por su aliento picante, se mantenía soldado a las paredes internas y brillaba como una mina de metal en la parte posterior del cráneo. A medida que la seda blanca de la bufanda se cubría de lamparones grises, sin que desapareciera la capa de suciedad, iba creciendo la excitación de don Eulogio. En un momento, indignado, arrojó la calavera, pero antes que ésta dejara de rodar, se había arrepentido y estaba fuera de su asiento, gateando por el suelo hasta alcanzarla y levantarla con precaución. Supuso entonces que la limpieza seria posible utilizando alguna sustancia grasienta. Por teléfono encargó a la cocina una lata de aceite y esperó en la puerta al mozo a quien arrancó con violencia la lata de las manos, sin prestar atención a la mirada inquieta con que aquél intentó recorrer la habitación por sobre su hombro. Lleno de zozobra empapó la bufanda en aceite y, al comienzo con suavidad, después acelerando el ritmo, raspó hasta exasperarse. Pronto comprobó entusiasmado que el remedio era eficaz; una tenue lluvia de polvo cayó a sus pies, y él ni siquiera notaba que el aceite iba humedeciendo también el filo de sus puños y la manga de su saco. De pronto, puesto de pie de un brinco, admiró la calavera que sostenía sobre su cabeza, limpia, resplandeciente, inmóvil, con unos puntitos como de sudor sobre la ondulante superficie de los pómulos. La envolvió de nuevo, amorosamente; cerró su maletín y salió del Club Nacional. El automóvil que ocupó en la Plaza San Martín lo dejó a la espalda de su casa, en Orrantia. Había anochecido. En la fría semioscuridad de la calle se detuvo un momento, temeroso de que la puerta estuviese clausurada. Enervado, estiró su brazo y dio un respingo de felicidad al notar que giraba la manija y la puerta cedía con un corto chirrido.

En ese momento escuchó voces en la pérgola. Estaba tan ensimismado, que incluso había olvidado el motivo de ese trajín febril. Las voces, el movimiento fueron tan imprevistos que su corazón parecía el balón de oxigeno conectado a un moribundo. Su primer impulso fue agacharse, pero lo hizo con torpeza, resbaló de la piedra y cayó de bruces. Sintió un dolor agudo en la frente y en la boca un sabor desagradable de tierra mojada, pero no hizo ningún esfuerzo por incorporarse y continuó allí, medio sepultado por las hierbas, respirando fatigosamente, temblando. En la caída había tenido tiempo de elevar la mano que conservaba la calavera de modo que ésta se mantuvo en el aire, a escasos centímetros del suelo, todavía limpia.

La pérgola estaba a unos veinte metros de su escondite, y don Eulogio oía las voces como un delicado murmullo, sin distinguir lo que decían. Se incorporó trabajosamente. Espiando, vio entonces en medio del arco de los grandes manzanos cuyas raíces tocaban el zócalo del comedor, una silueta clara y esbelta y comprendió que era su hijo. Junto a él había otra, más nítida y pequeña, reclinada con cierto abandono. Era la mujer. Pestañeando, frotando sus ojos trató angustiosamente, pero en vano, de divisar al niño. Entonces lo oyó reír: una risa cristalina de niño, espontánea, integral, que cruzaba el jardín como un animalito. No esperó más; extrajo la vela de su saco, a tientas juntó ramas, terrones y piedrecitas y trabajó rápidamente hasta asegurar la vela sobre las piedras y colocar a ésta, como un obstáculo, en medio del sendero. Luego, con extrema delicadeza para evitar que la vela perdiera el equilibrio, colocó encima la calavera. Presa de gran excitación, uniendo sus pestañas al macizo cuerpo aceitado, se alegró: la medida era justa, por el orificio del cráneo asomaba el puntito blanco de la vela, como un nardo. No pudo continuar observando. El padre había elevado la voz y, aunque sus palabras eran todavía incomprensibles, supo que se dirigía al niño. Hubo como un cambio de palabras entre las tres personas: la voz gruesa del padre, cada vez más enérgica, el rumor melodioso de la mujer, los cortos grititos destemplados del nieto. El ruido cesó de pronto. El silencio fue brevísimo; lo fulminó el nieto, chillando: “Pero conste: hoy acaba el castigo. Dijiste siete días y hoy se acaba. Mañana ya no voy”. Con las últimas palabras escuchó pasos precipitados.

¿Venia corriendo? Era el momento decisivo. Don Eulogio venció el ahogo que lo estrangulaba y concluyó su plan. El primer fósforo dio sólo un fugaz hilito azul. El segundo prendió bien. Quemándose las uñas, pero sin sentir dolor, lo mantuvo junto a la calavera, aun segundos después de que la vela estuviera encendida. Dudaba, porque lo que veía no era exactamente lo que había imaginado, cuando una llamarada súbita creció entre sus manos con brusco crujido, como de un pisotón en la hojarasca, y entonces quedó la calavera iluminada del todo, echando fuego por las cuencas, por el cráneo, por la nariz y por la boca. “Se ha prendido toda”, exclamó maravillado. Había quedado inmóvil y repetía como un disco “fue el aceite, fue el aceite”, estupefacto, embrujado ante la fascinante calavera enrollada por las llamas.

Justamente en ese instante escuchó el grito. Un grito salvaje, un alarido de animal atravesado por muchisimos venablos. El niño estaba ante él, las manos alargadas, los dedos crispados. Lívido, estremecido, tenia los ojos y la boca muy abiertos y estaba ahora mudo y rígido pero su garganta, independientemente, hacía unos extraños ruidos roncos. “Me ha visto, me ha visto”, se decía don Eulogio, con pánico. Pero al mirarlo supo de inmediato que no lo había visto, que su nieto no podía ver otra cosa que aquella cabeza llameante. Sus ojos estaban inmovilizados con un terror profundo y eterno retratado en ellos. Todo había sido simultáneo: la llamarada, el aullido, la visión de esa figura de pantalón corto súbitamente poseída de terror. Pensaba entusiasmado que los hechos habían sido más perfectos incluso que su plan, cuando sintió voces y pasos que venian y entonces, ya sin cuidarse del ruido, dio media vuelta y a saltos, apartándose del sendero, destrozando con sus pisadas los macizos de crisantemos y rosales que entreveía a medida que lo alcanzaban los reflejos de la llama, cruzó el espacio que lo separaba de la puerta. La atravesó junto con el grito de la mujer, estruendoso también, pero menos sincero que el de su nieto. No se detuvo, no volvió la cabeza. En la calle, un viento frío hendió su frente y sus escasos cabellos, pero no lo notó y siguió caminando, despacio, rozando con el hombro el muro de la huerta sonriendo satisfecho, respirando mejor, más tranquilo.